He venido a África y no me han tocado el tambor

Por Albert Sales y Laura Guijarro [publicado originalmente en CTXT.es el 2 de septiembre de 2017]

Aeropuerto de Banjul, República de Gambia, agosto de 2017. Una mujer a punto de embarcar de vuelta a Barcelona comenta su experiencia de dos semanas con sus compañeros de viaje y otras personas que íbamos a compartir vuelo esa noche. Afirma que su estancia en el pequeño Estado africano no había tenido nada que ver con su primera visita diez años atrás. En esa primera incursión en tierras gambianas, Ana (nos referiremos a ella con un pseudónimo) pasó unos días en un hotel de la playa cercano a la capital que le ofreció un servicio excelente. Limpieza, orden, buena comida y “espectáculos africanos” en las piscina por las noches. Diez años después, Ana ha convencido a un grupo de amigos para conocer mejor el país de la mano de un guía.

Hoy, en el aeropuerto, se queja de que sus amigos van a denunciarla por publicidad engañosa. Los diez días con el guía han resultado ser un paseo por un “país decadente”, que no cuida al visitante, y en el que los escasos “atractivos turísticos” son de difícil acceso. Ana asegura a sus amigos y a resto de blancos que la escuchan en el aeropuerto que al menos en el hotel de Serekunda diez años atrás había tenido contacto con “la cultura africana” pero que en esta ocasión nada: ni danzas, ni tambores, ni música. El guía los había metido en hoteles feos, sucios, y sin ningún encanto. Para aderezar la decepción, Ana se ha encontrado con que los habitantes de estas tierras no sólo tienen móviles, sino que además no dejan de usarlos a todas horas. “Son tan consumistas”, dice, añadiendo que hace diez años no era así.

No falta quien considera que las quejas son injustificadas. Varias personas comentan por lo bajo que la mujer no sabía dónde iba. Pero la mayoría coinciden en que Gambia tiene un gran potencial turístico que sus ciudadanos no saben explotar. Uno de los acompañantes de viaje de Ana dice: “Si esta gente se lo currara  más, podría vivir  todo el  país del turismo, y además bien”. Si mejoraran los transportes, si los hoteles estuvieran más limpios, si el servicio fuera más rápido….  En definitiva, si hacer turismo en Gambia se pareciera más a visitar las costas del Mediterráneo o Cancún, pulsera en mano con pensión completa añadida, y con el plus de lo exótico y auténtico mediante danzas, tambores y taparrabos, tendríamos de nuevo un cóctel al que ni turistas ni autóctonos podrían resistirse.

Es paradójico que quienes buscan lo auténtico, el contacto con “la cultura africana”, vean en la industria turística el camino del desarrollo. Adaptar la cultura local a los gustos y necesidades de los turistas parece ser la receta ideal para atraer divisas, vivir bien, y conseguir que Ana vuelva a su ciudad convencida de que ha entrado en contacto con la cultura africana. Haber estado en Gambia, Ghana, Kenia o Madagascar no importa demasiado, mientras haya telas de colores, tambores, danzas, lanzas… También es paradójico que las mismas personas que se irritan cuando alemanes y japoneses vienen a tierras mediterráneas a tener contacto con la cultura española (¿o debería decir cultura europea?), mediantes paellas y espectáculos flamenquiles, salgan de su continente a la caza de lo auténtico y se molesten cuando africanos y africanas utilizan teléfonos inteligentes, visten camisetas de equipos de fútbol europeos, y se alisan el pelo. Quizás si los nativos prescindieran de móviles, relojes y cualquier objeto que pudiera afear la autenticidad en las fotos publicadas en las redes sociales de vuelta a la “civilización”, el viaje al imaginado país africano reuniría los ingredientes necesarios para hacer de la estancia a todo lujo una aventura a la altura de los reportajes del National Geographic.

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