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Albert Sales

El sinhogarismo es un problema de vivienda

[Artículo públicado el 3 de junio de 2016 en AgendaPública.es]

Las personas sin techo, las que pasan la noche y el día en las calles de las ciudades, ponen cara a las formas más visibles y crudas de la exclusión residencial. La crudeza de su situación es la punta del iceberg de la vulneración del derecho a una vivienda digna que sufren miles de personas que viven en infraviviendas o en situaciones de alta vulnerabilidad habitacional sin expectativas de construir un hogar.

Para facilitar el análisis de la exclusión residencial, la Federación Europea de Organizaciones Nacionales que Trabajan para las Personas Sin Hogar (FEANTSA por sus siglas en francés) propone una clasificación de las situaciones de privación de vivienda. La identificación de diferentes intensidades de exclusión pretende romper con la distinción clásica entre la sociedad mayoritaria “integrada”  que dispone de domicilio y las personas que pernoctan en la calle o en albergues y no tienen hogar. En función de las condiciones de habitabilidad del espacio donde vive una persona, la vida social y privada que permite dicho espacio y el régimen legal de utilización del alojamiento se definen cuatro situaciones de sinhogarismo: “sin techo”, que supone no tener un espacio físico donde refugiarse; “sin vivienda” que consiste en pernoctar en equipamientos públicos o de entidades sociales que ofrecen refugio pero que no reúnen las condiciones de privacidad de un hogar propio y que no ofrecen la seguridad jurídica de un contrato de arrendamiento o de una propiedad; situación de “vivienda insegura”, en la que no se puede desarrollar un proyecto de vida estable por la inexistencia de permiso legal para utilizar el alojamiento; y, por último, situación de “vivienda inadecuada”, consistente en el uso de una vivienda con permiso legal de utilización o bajo título de propiedad pero con incomodidades derivadas del deterioro del espacio físico, de la ausencia de suministros energéticos o de la falta condiciones de higiene.

Recordar la complejidad de la exclusión residencial debe servir para romper con los estereotipos que facilitan la indiferencia. Desde el campo del periodismo y la comunicación se habla de colectivo para referirse a las personas sin techo y se buscan características comunes para dibujar perfiles y para simplificar la realidad. Pero nada más alejado de la realidad que denominar “colectivo” a la suma de trayectorias individuales que tienen muy poco en común. La mayoría de las personas que se están en la calle son hombres, pero el sinhogarismo femenino es un problema social de primer orden que sigue dinámicas propias y, demasiado a menudo, ocultas e ignoradas. Los datos ponen de manifiesto que en torno a un 15% de las personas que pernoctan en calle son mujeres y que entre los recursos de alojamiento esta proporción se eleva a cerca del 20%. Aunque es extremadamente difícil cuantificar la incidencia del sinhogarismo oculto, resulta razonable pensar que en el resto del continuo ETHOS las proporciones de hombres y mujeres tiendan a igualarse y que, muy probablemente la proporción de mujeres sea mayor en las categorías agrupadas bajo el epígrafe de vivienda insegura.

La dispersión de edades es enorme. En la calle hay jóvenes que acaban de llegar a la mayoría de edad, que han roto con el hogar parental y han acabado en la calle tras sucesivos fracasos a la hora de encontrar un sustento económico y estabilidad residencial. También hay personas de más de sesenta años que se han quedado sin vivienda tras el fallecimiento de sus padres y la imposibilidad de subrogar un contrato de alquiler de renta antigua. Hay una sobrerrepresentación de personas de origen extranjero; la mayor parte de ellas, tras enfrentarse a la crudeza de un viaje interminable lleno de vallas y de situaciones violentas, luchan contra las fronteras no físicas, cotidianas, que afronta quien no tiene papeles ni acceso al mercado laboral…

Las trayectorias que pueden llevar de formas de exclusión residencial más leves a vivir en la calle son tantas y tan variadas que hablar de las personas sin techo como un colectivo con rasgos comunes constituye una simplificación estigmatizadora. Y esconde una obviedad: el sinhogarismo es una situación que se produce a consecuencia de la imposibilidad de acceder a una vivienda. Lo que tienen en común las personas sin hogar es que no tienen hogar. La exclusión residencial se manifiesta en un continuo de situaciones, y la más dura de ellas es, posiblemente, la vida en la calle.

Aproximarse al sinhogarismo desde la óptica del acceso a la vivienda obliga a replantearse las políticas tradicionales inspiradas en el funcionamiento del sistema sanitario. Tratar a las personas sin hogar como si tuvieran una patología social necesitadas de un tratamiento facilita que se den por buenas supuestas soluciones que desplazan la problemática de la vía pública a centros residenciales de emergencia. La acogida temporal en albergues puede ser un momento para establecer un vínculo con los servicios sociales y para encontrar apoyo, para algunas de las personas atendidas, pero cuando se acumulan fracasos y frustraciones, la probabilidad de que se materialicen procesos de recuperación de la autonomía personal se hace más y más pequeña. La falta de oportunidades de acceso a una vivienda provoca que una parte de las poblaciones de personas sin techo de las ciudades occidentales se cronifiquen en su situación alternando temporadas en la calle con estancias en albergues y centros residenciales.

“Sacar a los pobres de la calle”

Es difícil encontrar a alguien que no considere deseable dejar de ver personas durmiendo en las calles. Ante la presencia persistente de una persona durmiendo en un portal, en un banco, o en un cajero automático, es habitual que vecinos y vecinas reaccionen llamando a la Policía, al Servicio de Emergencias Médicas, al Ayuntamiento o a alguna entidad social. Se asume que es responsabilidad de la administración “sacar a los pobres de la calle”, en lugar de debatir sobre el acceso a la vivienda o unos ingresos garantizados. Es frecuente pedir más albergues y más dispositivos de intervención en la vía pública (ya sean educadoras sociales o agentes de policía) que garanticen que alguien saque a los habitantes inapropiados de la ciudad de las zonas más cotizadas y visibles de la trama urbana.

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This entry was posted on Juny 4, 2016 by in Exclusió social i pobresa, Sense categoria and tagged , , , .
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