Sin techo y sin derecho a estar en la calle

[publicado originalmente en catalán en Directa.cat]

Derecho a sentarse en un banco, a dormir, comer, o tener acceso a un baño o una ducha a cualquier hora, los siete días de la semana, son algunas de las reivindicaciones que propone la Carta de Derechos de los Sin Hogar que una coalición de 125 organizaciones y plataformas ciudadanas de tres estados norteamericanos presentaron hace unos meses. Se trata de una propuesta que surge en respuesta a las numerosas ordenanzas municipales que penalizan usos del espacio público tradicionalmente vinculados a la cotidianidad de las personas sin hogar. Prohibiciones que han proliferado en nombre del civismo y el orden en paralelo a las “soluciones urbanísticas anti-mendigos” como las repisas inclinadas, los pinchos de cemento en los espacios muertos bajo los puentes o la transformación de los bancos públicos en sillas individuales.

Foto: Albert Sales
Foto: Albert Sales

En la “Europa de los Derechos Sociales” la situación de las personas sin hogar no es tan distinta como pudiera parecer. También aquí, a la dureza de la vida en la calle hay que sumar el hostigamiento y las presiones que las víctimas de la indigencia urbana viven a diario por hacer un uso intensivo del espacio público. Ordenanzas de civismo cada vez más intransigentes legitiman a los cuerpos de seguridad para expulsar a las personas sin techo de los lugares atractivos para los intereses privados. En unas ciudades donde a la mercantilización de la vía pública ha convertido calles y plazas en espacio de consumo y de paso, ¿qué función cumple aquella persona que no consume y que no se dirige a ningún lugar? Cuando no se nos permite desarrollar en la calle actividades que no impliquen consumir, las primeras damnificadas son las personas cuyas vidas transcurren en las calles.

El civismo se ha convertido en el pretexto para “limpiar” las calles de indigentes. Hay que eliminar esa mácula de un paisaje urbano concebido como un centro comercial a cielo abierto. Si no se permite a los indigentes internarse en los centros comerciales, ¿porque se les debería permitir permanecer en los centros históricos de las grandes ciudades convertidos hoy en avenidas dedicadas a la gloria y beneficio de Inditex y otras grandes empresas?

No resulta difícil convencer a la ciudadanía de la “necesidad” de ocultar, desplazar o eliminar a las personas sin techo. Siglos de ética del trabajo y décadas de relegación de la pobreza a la marginalidad conspiran para que quien conserva su hogar y se esfuerza para mantener un nivel de consumo observe con recelo a quien vive de la limosna o de las ayudas. Se atribuye la pobreza a un fracaso individual y la incapacidad de las víctimas para administrar y gobernar sus propias vidas. Nada más lejos de la realidad pero nada más útil para sentirse en una categoría social distinta al del pobre de solemnidad víctima de sus propios vicios y errores. Aderezado por el miedo a una imaginaria violencia urbana y el pánico a lo desconocido, la intervención policial se convierte en una medida con buena acogida entre la “ciudadanía de bien” que, a diferencia de los indigentes, sí votará en las próximas elecciones municipales. Y si el discurso del miedo no funciona, se recurre al discurso del civismo. Un conjunto de normas de comportamiento que nos convierte a todos y a todas en víctimas de cualquier transgresión. Porque en nuestra sociedad del miedo y de las responsabilidades individuales ya no hay delitos sin víctimas. Toda transgresión, toda ruptura con el orden considerado normal nos convierte a todos y a todas en víctimas. Ya sea por su impacto moral o por un supuesto impacto económico ahuyentando turistas y consumidores, cualquier muestra de incivismo se convierte en una agresión contra la comunidad, contra la ciudad.

Pero las personas sin techo no suponen un riesgo. Estar en la calle, por el contrario, sí supone un riesgo para ellas. Vivir en la calle significa que el miedo te cale los huesos. Y no es un miedo injustificado. Marina, una mujer de sesenta y tantos, que dormía el pasado invierno en la Estación de Sants recordaba muy bien su primera noche en la calle. Se quedó dormida en un banco y cuando despertó le habían robado el monedero con todo el dinero en efectivo que le quedaba y el teléfono móvil. Desde entonces ha sufrido otros robos, algunos con intimidación. Jamás ha denunciado. No cree que la policía ayuda a una persona de la calle. Joan, tras quince años en la calle ha vivido agresiones de todo tipo. Algunas con el objetivo de robarle sus escasas pertenencias, otras, la que recuerda con mayor terror, sin motivo aparente.

Ricardo “solamente” lleva un año en la calle. También ha sufrido insultos, amenazas y agresiones. Al principio buscaba algún rincón para dormir cerca del comedor social donde solía tomar el desayuno. Pero el Raval se está convirtiendo en un territorio hostil para las personas sin hogar. Después de que grupos de turistas con algunas copas de más lo increparan y lo rociaran con cerveza y vodka decidió trasladarse a la Estació del Nord. Si se le pregunta porque no denuncia las agresiones ríe con resignación. No le parece demasiado inteligente dirigirse a los mismos agentes de la Guardia Urbana que le despertaban tres o cuatro veces en una noche para hacerle cambiar de emplazamiento o para interrogarlo sobre los temas más inoportunos.

No hay denuncia policial y no hay denuncia pública de estos abusos porque “los pobres”, las personas que viven en los márgenes de la sociedad de consumo no son actores políticos. La sociedad de consumo manda a los consumidores y consumidoras fallidos a lamerse las heridas en soledad, porque la vergüenza y la sensación de fracaso individual está instalada con la misma intensidad en su imaginario que en el de las “clases medias”. Y avergonzada en soledad, ninguna persona puede convertirse en sujeto de lucha política. Romper el aislamiento pasa por politizar la lucha contra el sinhogarismo transformando una parte de la imprescindible asistencia a las personas sin hogar en una incidencia política y social protagonizada por las personas afectadas. Pero esta politización no puede quedar exclusivamente en manos de organizaciones formalmente constituidas. Las luchas de las personas sin techo están estrechamente vinculadas a las de los movimientos por el derecho a la vivienda, por el derecho a la alimentación o por la recuperación del espacio público ¿Seremos capaces de no olvidarles una vez más? ¿Sabremos recibirlos como sujeto político de pleno derecho?

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Neoliberalisme per eradicar la pobresa?

[Article publicat originalment el 17 d’octubre de 2014 a la web de LaDirecta]

Centrant l’atenció en les formes més extremes s’evita el debat sobre la capacitat generadora de pobresa de les polítiques neoliberals. Avui és el Dia Internacional per a l’Eradicació de la Pobresa

Aquesta nit, com cada nit des de fa una setmana, la Marlen deixarà la seva filla de vuit anys sola a l’habitació que tenen llogada en un barri humil de l’àrea metropolitana de Barcelona. La petita soparà tota sola i anirà a dormir mirant la televisió mentre la seva mare es passa gairebé una hora a diferents transports públics per arribar a la feina. Fins a les vuit del matí, la tasca de la Marlen consisteix a cuidar els bessons acabats de néixer d’una parella de la zona alta de la ciutat. El pare i la mare tenen ocupacions massa importants durant el dia per permetre’s no dormir adequadament i han decidit pagar-li perquè sigui ella la que faci guàrdia durant la nit i atengui les necessitats dels nadons. Li paguen 700 euros al mes, tot un luxe tenint en compte que està en situació administrativa irregular i que fa molts mesos que no aconsegueix més de 500 euros mensuals treballant com a netejadora a hores. Podrà pagar les quotes endarrerides de l’escola de la seva filla i els llibres i, amb sort, esquivarà les preguntes dels serveis socials. Li fa pànic que descobreixin que la nena passa les nits sola en una habitació rellogada.

foto: Cino
foto: Cino

Quan les Nacions Unides van fixar el 17 d’octubre com a Dia Internacional per a l’Eradicació de la Pobresa no s’estaven referint a la pobresa de la Marlen. I sembla que la formulació dels omnipresents Objetius de Desenvolupament del Mil·lenni (ODM) tampoc no consideren la Marlen una víctima de la pobresa. A l’agenda dels ODM, l’eradicació de la pobresa es concreta en la reducció a la meitat de la proporció de població que viu amb menys d’1,25 dòlars diaris. No es tracta d’una fita gaire ambiciosa tenint en compte que el descens de persones que viuen sota el llindar de pobresa extrema –aquests 1,25 dòlars d’ingressos diaris– no ha de reflectir necessàriament una millora en la vida de la gent. De fet, més que el fruit de polítiques de lluita contra la pobresa i contra els mecanismes d’empobriment, aquesta reducció és un símptoma més de les migracions massives del camp a la ciutat que es donen arreu del món i que suposen la incorporació de milions de persones a l’economia de mercat, desesperades per obtenir uns ingressos mínims per poder menjar.

Pobresa aquí i allà

La identificació entre pobresa i subdesenvolupament és molt útil per a la propaganda neoliberal. Una visió terriblement simplificada que identifica la pobresa amb la fam i amb una economia rural de subsistència i que permet proposar solucions basades en la mercantilització de vides, comunitats i territoris. Igual que la Marlen, la Xiampei també té una feina remunerada. En el seu cas, en una fàbrica de roba a una de les zones industrials de Phnom Penh (Cambodja), on li paguen l’equivalent a uns 60 euros al mes i on fa jornades extenuants d’entre deu i setze hores diàries. La Xiampei és una més dels milions de persones que han abandonat la pobresa extrema durant la darrera dècada perquè han incrementat els seus ingressos després de deixar l’economia rural de subsistència per passar a malviure de les engrunes de les grans cadenes de subministrament globals.

Centrant l’atenció en les formes més extremes, s’eviten el debat sobre la capacitat generadora de pobresa de les polítiques neoliberals i el qüestionament de les solucionsbasades en la caritat institucionalitzada o la submissió a un treball assalariat explotador i insostenible socialment i ambientalment. La pobresa extrema genera una compassió que es pot canalitzar fàcilment a través d’entitats caritatives. Però, als pobres incòmodes, se’ls ha de silenciar i reprimir. Com a les obreres de Cambodja, companyes de la Xiampai, que s’enfronten a les pallisses i els trets de la policia a cada manifestació, amb nul·la atenció de les mateixes ONG que es dediquen a lluitar contra la pobresa i la fam al seu país.

Als països opulents occidentals, la imposició del sentit comú neoliberal ha portat a assumir la pobresa i la marginalitat urbana com quelcom inevitable i a traslladar la responsabilitat de les situacions d’exclusió social a les seves víctimes. Els estats del benestar no van eradicar mai la pobresa i, en bona mesura, van contribuir a la marginació dels col·lectius i les persones que quedaven excloses del mercat laboral. Però la cohesió social i l’establiment d’un mínim benestar material com a dret de ciutadania figuraven entre els seus objectius. L’estat neoliberal, en canvi, genera un model de gestió de la pobresa basat en la vinculació de les ajudes socials al seguiment de programes d’inserció laboral en un entorn de treball altament precaritzat; estigmatitza i criminalitza les víctimes de la pobresa justificant una intervenció policial i penal sobre els barris de segregació i sobre els col·lectius tradicionalment marginats de l’ocupació, i delega la responsabilitat pública en la protecció social dels individus en la filantropia privada, fet que erosiona el discurs dels drets socials i vincula l’atenció a la pobresa al voluntarisme.

Les estratègies per fer front a aquesta ofensiva contra els pobres impliquen reforçar l’apoderament polític de les víctimes de la pobresa trencant amb la individualització dels problemes socials i amb el sentiment de culpa i indignitat. Per acabar amb la pobresa, cal frenar la màquina que la genera. Eradicar-la és l’antítesi de les polítiques de submissió de les nostres vides als capricis dels mercats i el poder de les elits.

Luchar contra la pobreza desde el ámbito municipal

[versió en català aquí]

Los dispositivos de los Estados del Bienestar no lograron acabar con la pobreza en las sociedades opulentas occidentales. A pesar de los mecanismos de redistribución de rentas, los sistemas de protección social y una amplia gama de servicios públicos que incluían los servicios sociales, la pobreza continuó afectando a una parte de la población excluida del mercado laboral y de las prestaciones públicas que se derivaban del trabajo asalariado. En los Estados benefactores, construidos en una sociedad productores marcada por la ética industrial del trabajo, la protección social estaba condicionada a la participación en el mercado de trabajo (Bauman, 1999). Para generar derechos, los hombres en edad y condiciones de trabajar de cada hogar debían demostrar su compromiso con el trabajo industrial. Esto dejaba fuera de los mecanismos de bienestar hogares y personas excluidas de manera más o menos permanente del mercado de trabajo. Hogares monopartentals, personas con enfermedades crónicas, personas de minorías étnicas marginadas por parte de la sociedad mayoritaria… formaban parte de las filas de los y las pobres que las políticas socialdemócratas no conseguían sacar de su situación de desventaja social. Convertir a “los pobres” en minoría social empujó a las sociedades de “clases medias” de la parte central de siglo XX a problematizar la pobreza. De la pobreza integrada, la que se asimilaba como un hecho social habitual, se pasaba a la pobreza marginal, un problema que había que corregir (Paugam, 2007).

IMG_20140610_155609El cuerpo central de los servicios y prestaciones de los Estados del Bienestar tenía como destinatarios a los trabajadores asalariados y sus familias. Sanidad, educación, prestaciones por desempleo o pensiones de jubilación, se consideraban servicios que el Estado debía proporcionar a su ciudadanía. No fue así con los servicios sociales. Con todas sus variantes y pese a tímidos intentos de convertirlos en el cuarto pilar de los Estados del Bienestar, los servicios sociales se convirtieron en el mecanismo de atención a la pobreza marginal (Bauman, 1999). En toda Europa, los servicios sociales se hacían cargo de intervenir en los hogares que no reunían las condiciones mínimas para el desarrollo de los niños, de organizar la provisión de alimentos a las personas sin recursos, de gestionar los equipamientos para alojar personas sin hogar, de gestionar las escasas prestaciones económicas que recibían las personas sin ingresos que no constaban como cotizantes del sistema. Continue reading “Luchar contra la pobreza desde el ámbito municipal”

Lluitar contra la pobresa des de la perspectiva municipal

[versión en castellano aquí]

Els dispositius dels Estats del Benestar no van aconseguir acabar amb la pobresa a les societats opulentes occidentals. Malgrat els mecanismes de redistribució de rendes, els sistemes de protecció social i una àmplia gama de serveis públics que incloïen els serveis socials, la pobresa va continuar afectant a una part de la població exclosa del mercat laboral i de les prestacions públiques que es derivaven del treball assalariat. En els Estats benefactors, construïts en una societat productors marcada per l’ètica industrial del treball, la protecció social estava condicionada a la participació en el mercat de treball (Bauman, 1999). Per generar drets, els homes en edat i condicions de treballar de cada llar havien de demostrar el seu compromís amb el treball industrial. Això deixava fora dels mecanismes de benestar llars i persones excloses de manera més o menys permanent del mercat de treball. Llars monopartentals, persones amb malalties cròniques, gent de minories ètniques marginades per part de la societat majoritària… formaven part de les files dels i les pobres que les polítiques socialdemòcrates no aconseguien treure de la seva situació de desavantatge social. Convertir “els pobres” en minoria social va empènyer a les societats de “classes mitges” de la part central de segle XX a problematitzar la pobresa. De la pobresa integrada, la que s’assimilava com un fet social habitual, es passava a la pobresa marginal, un problema que calia corregir (Paugam, 2007).

IMG_20140610_155609El cos central dels serveis i prestacions dels Estats del Benestar tenien com a destinataris els treballadors assalariats i les seves famílies. Sanitat, educacions, prestacions per desocupació o pensions de jubilació, es consideraven serveis que l’Estat havia de proporcionar a la seva ciutadania. No va ser així amb els serveis socials. Amb totes les seves variants i malgrat tímids intents de convertir-los en el quart pilar dels Estats del Benestar, els serveis socials es van convertir en el mecanisme d’atenció a la pobresa marginal (Bauman, 1999). Arreu d’Europa, els serveis socials es feien càrrec d’intervenir en les llars que no reunien les condicions mínimes per al desenvolupament dels infants, d’organitzar la provisió d’aliments a les persones sense recursos, de gestionar els equipaments per allotjar persones sense llar, de gestionar les minses prestacions econòmiques que rebien les persones sense ingressos que no constaven com a cotitzants del sistema. Continue reading “Lluitar contra la pobresa des de la perspectiva municipal”

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