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Albert Sales

Dar comida a quién necesita dinero

“Unas monedas para comer”, “necesito ayuda para alimentar a mis hijos” o “tengo hambre”, son inscripciones habituales en los carteles que usan las personas que piden caridad para atraer la atención de quienes caminan apresuradamente por las aceras. Saben que todo aquel que pide caridad es sospechoso de malgastar las limosnas recibidas. Conocedores del recelo con el que la ciudadanía observa sus movimientos, intentan convencer a la gente de buena voluntad de que sus céntimos serán destinados a comprar comida y no alcohol, drogas u otros vicios. Siempre sospechosas de merecer su destino, las personas que viven de la caridad saben que el riesgo de las limosnas se desperdicien en bebida es una de las excusas habituales para pasar de largo frente al vaso o la caja que recoge las monedas de vecinos y vecinas. El hambre en cambio conmueve. Necesitamos comer, no hay elección.

12791972044_251c24e96b_bLos estereotipos que se atribuyen a las personas que piden limosna justifican la desconfianza y el constante escrutinio de su comportamiento. Explicar la pobreza extrema como un producto de trayectorias individuales marcadas por la inadaptación social, debilidades personales o vicios, contribuye a crear una categoría social distinta a la propia. Clasificar a las personas cuya pobreza no permite acceder a bienes tan básicos como los alimentos genera una falsa sensación de seguridad y permite mitigar la incomodidad de convivir con la miseria. La falsa invulnerabilidad se basa en la convicción de que las buenos ciudadanos y ciudadanas, por mal que les vayan las cosas, no acaban en la calle pidiendo limosna. Del mismo modo que se asume popularmente que la ciudadanía de bien no entra en prisión, se considera un hecho que difícilmente una persona íntegra y honesta se verá viviendo de la caridad o durmiendo en la vía pública. Por otro lado, considerar a las personas en situación de pobreza extrema las causantes de su propia desgracia permite normalizar realidades que de otro modo se incomodarían en exceso por su tremenda injusticia ¿Qué tipo de sistema de relaciones económicas y sociales permitiría que gente honrada y “con ganas de trabajar” viviera de la caridad de los demás?

Al ciudadano o a la ciudadana que entrega la limosna no sólo le preocupa que sus céntimos sean malgastados en bebidas alcohólicas; cualquier producto que no se ajuste a unos estrictos cánones de austeridad, cualquier elemento que no sirva para la supervivencia, se considera un derroche innecesario. “Tanta hambre no debe pasar cuando se come un croissant en lugar de un bote de garbanzos”. Se despoja así a quién vive las formas más duras de la pobreza de su condición de consumidor en una sociedad en que la plena integración ya no se define por el desarrollo de un empleo asalariado sino por la capacidad de consumo. Cuando la pertenencia a la sociedad viene determinada por la forma de vestir, las pautas de ocio y los objetos electrónicos de consumo masivo que llevamos en los bolsillos, exigimos a las víctimas de la pobreza extrema que renuncien a cualquier forma de consumo imponiendo la ética del donante como individuo de moralidad superior capacitado para gobernar la vida del receptor de caridad.

carros parròquiaLa condena al ostracismo que provocan los estereotipos y las actitudes individuales ante la necesidad de ayuda de quienes sufren la pobreza extrema, se consolida a través de políticas sociales más guiadas por la ética del trabajo que por un conocimiento empático, dialogante, reflexivo y riguroso de la realidad diaria de las vidas desahuciadas por la sociedad de consumo. “Los pobres”, aquella categoría social formada por quienes perciben la ayuda, institucional o no, del resto de la sociedad, siempre sospechosos de parasitismo social, de vagancia, de rechazar la ética del trabajo… son considerados incapaces de gestionar su propia vida. Asumir que la pobreza es el resultado de la incapacidad de los individuos para gestionar sus vidas y sus familias justifica la contradicción de exigir a sus víctimas autonomía personal y esfuerzo para romper la dependencia de la ayuda, mientras se les arrebata el protagonismo y la capacidad de decisión en sus propias estrategias de supervivencia. De ahí que a quién necesita unos mínimos ingresos para hacer frente a la cotidianidad se le “ayuda” con lotes de comida o permitiéndole la entrada a un comedor social. “Un trabajo. Yo no necesito un comedor, necesito un trabajo” se lamenta Pedro, que tras dieciocho años trabajando de cocinero en distintos restaurantes lleva cinco desempleado y enfermo aunque no incapacitado. “Nadie contrata a un cocinero viejo, cojo y diabético”, afirma.

Facilitar ayuda en forma de comida responde a dos necesidades de las instituciones y de las personas que proporcionan la asistencia. Por un lado, se aseguran de que los recursos que se proporcionan a las personas asistidas se usan para la supervivencia. No se malgasta en vicios, no hay lujos. Se trata de comida de primera necesidad. Por el otro, se canalizan los excedentes de un sistema de producción y distribución alimentaria altamente ineficiente. Un modelo que provoca que se desperdicie más de un 30% de los alimentos que se producen en el mundo. El sentido común invita a alimentar a los hambrientos con la pequeña parte de este desperdicio que pueden salvar instituciones caritativas. Pero no parece muy aconsejable dejarse guiar por el mismo sentido común que asume como ciertos tres axiomas radicalmente falsos: uno, las personas en situación de pobreza necesitan comida; dos, en consecuencia deben recibir cualquier ayuda con agradecimiento; y tres, caer en la pobreza severa demuestra algún tipo de incapacidad para tomar decisiones y establecer prioridades.

La distancia social entre las personas profesionales y voluntarias al cargo de los servicios que prestan asistencia alimentaria (ya sean comedores sociales o puntos de distribución de alimentos no cocinados) y las personas receptoras de la asistencia, dificulta la comprensión de actitudes y decisiones que toman estas últimas. Para quién no ha vivido la pobreza extrema, la falta total de ingresos económicos y el aislamiento social causado la ruptura de las redes de apoyo familiares y sociales, cualquier ayuda, cualquier “regalo”, suele parecerle mejor que nada. Mireia, una voluntaria que llevaba escasamente dos semanas distribuyendo lotes de alimentos del Banc dels Aliments en un barrio céntrico de Barcelona, expresaba su sorpresa e incomodidad al ver como algunas personas que acudían semanalmente al punto de distribución rechazaban parte del lote que les correspondía: “Llegan, abren la bolsa, y nos devuelven cosas. Casi siempre las judías y los garbanzos. Algunas veces lo dejan en la puerta sin decir nada”. La clara frontera entre donante y receptor de caridad alimentaria puede generara situaciones todavía más frustrantes y, en consecuencia más tensas, para las personas de buena voluntad. Para Alícia, miembro de una de las muchas iniciativas ciudadanas que han surgido en los últimos años dedicada a repartir comida en diferentes puntos del àrea metropolitana, se lamentaba: “hay gente muy aprovechada… no deben pasar tanta hambre si tiran el pan del bocadillo en la papelera de la esquina”.

Ni Alícia ni Mireia consideran la posibilidad de que la ayuda prestada no sea la que las personas “ayudadas” necesitan. Sin duda, los lotes de alimentos que se reparten en parroquias y otros puntos de las ciudades, aligeran el coste de la cesta de la compra de las familias que los reciben, pero en ningún caso cubren las necesidades alimentarias de un hogar. Por cuestiones logísticas los productos que se suministran son no perecederos y requieren ser cocinados con un aporte de energía considerable. En un hogar sin suministros energéticos, o sin gas y con una instalación eléctrica precaria, cocinar legumbres secas es, cuanto menos, complicado. Y en los últimos cinco años, esta forma de precariedad habitacional ha crecido sensiblemente. Alejandra y Luïs dejaron de ir a recoger su lote de alimentos porque no tenían lo necesario para cocinar en casa. Ocuparon un piso del Poble Sec hace más de medio año hartos de ser una molestia para la hermana de él, que les había acogido en su pequeño piso tras vivir un deshaucio. Sin gas, ni electricidad, ni agua, de poco les sirven la pasta y los garbanzos. “Pasar por la asistenta social y explicarle mis penas, hacer la cola en la parroquia… todo por las cajas de galletas y un poco de leche, que es lo único que puedo aprovechar” reconoce Alejandra.

El reparto de comida cocinada o de bocadillos puede cubrir las necesidades de las personas más excluidas. Personas sin hogar o que residen en infraviviendas y que han perdido el contacto con otras modalidades de apoyo social, encuentran en estos repartos una forma de comer caliente. Pero el reparto indiscriminado y la gran diversidad de situaciones y de itinerarios vitales de las personas que se acercan a estos repartos, obligan a donantes y personas voluntarias a estar preparadas para aceptar todo tipo de reacciones. Por otro lado, el entorno de abundancia y de desperdicio alimentario que nos rodea permite a las personas receptoras rechazar la ayuda si no es de su agrado. Pili, una señora de 63 que pasó el último invierno pernoctando en un rincón de la Estación de Sants tenía muy claro que rodeada de abundancia, no era el hambre su mayor preocupación. “Cuando me quedé en la calle comprobé que siempre hay comida (…) Por aquí pasa cada noche algun grupo repartiendo comida caliente o bocadillos”. Pili confesaba también que vecinos y vecinas que pasaban frente a ella cada día, la invitaban a comer muy a menudo.

Los recortes salvajes en políticas de transferencia de rentas a los hogares en situación de pobreza, justificados por discursos estigmatizadores, genera dependencia de estructuras asistenciales caritativas. Cuando se acusa públicamente a las familias empobrecidas de aprovecharse de prestaciones y subsidios y se insiste en defender que las transferencias públicas eliminan incentivos para buscar empleo, se condena a una parte de la ciudadanía a destinar sus minúsculos ingresos a pagar la hipoteca o el alquiler de su vivienda o su habitación, y a sobrevivir mendigando por su alimentación. Asegurar el derecho a la subsistencia no consiste en proporcionar comida sino una renta suficiente para cubrir unas necesidades básicas mucho más complejas que la ingestión de alimentos. Por más que se empeñen en infantilizar a las personas que sufren la pobreza, mantener la capacidad de decidir qué comer, cuándo y cómo comerlo, es crucial para no acelerar el proceso de exclusión y descalificación social.

 

NOTA: El texto reproduce fragmentos de entrevistas realizadas en el marco de un proyecto de investigación cuyo trabajo de campo culminó en enero de 2014. Los nombres han sido modificados para mantener la privacidad de los y las informantes.

3 comments on “Dar comida a quién necesita dinero

  1. Retroenllaç: Dar comida a quién necesita dinero

  2. asy
    Setembre 25, 2014

    En realidad lo que se nota en es la ausencia de un pilar clave que debe estar cuando se monta un sistema economico, que es que toda persona tenga un ingreso monetario por el mero hecho de ser persona (renta basica universal), sustentada por impuestos a los que se hacen mas ricos de extraerselo a los demas (millonarios y multimillonarios) y por donde se crea la moneda sin deudas cuando haga falta.

    Deberia ser de una cuantia suficiente como para vivir bien y ademas deberia ser lo suficiente abundante como para que tengas capacidad de dar un trabajo a otras personas (es decir una cuantia superior al umbral de la pobreza + salario minimo).

  3. Retroenllaç: Lluitar contra la pobresa des de la perspectiva municipal | + arguments?

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