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Albert Sales

Malnutrición infantil, caridad y estigmatización de la pobreza

Un curso más surge la preocupación por la alimentación de niños y niñas al acabar el período escolar. Igual que en cursos anteriores, hay voces que recuerdan a la administración que para un número creciente de críos la comida más importante del día es la que se realiza en la escuela, en muchos casos con la ayuda de una beca, y que terminada la rutina escolar, los niños y niñas pasan a depender de sus empobrecidas familias para alimentarse. De ahí que se pida que se mantengan los comedores abiertos y que se financien actividades de verano para el alumnado de familias en situación de pobreza. Sin duda, vivimos una situación de emergencia social y es más que pertinente exigir medidas que garanticen el acceso a la alimentación de las personas, especialmente cuando de menores se trata. Pero demasiado a menudo, los debates se reducen a la conveniencia de aplicar o no medidas de urgencia y a la pertinencia de la terminología usada, dedicando horas de debate político y mediático a resolver si se trata de malnutrición, desnutrición o inseguridad alimentaria, el problema que se vive a diario en no pocos millones de hogares.

comedor-escolarEste estrecho marco referencia provoca que, una vez asumido que hay que luchar por mantener los comedores escolares abiertos, olvidemos que tras un niño o una niña que depende de este apoyo para comer hay una familia que vive una situación de extrema gravedad. En el mejor de los casos, las situaciones familiares en las que se encuentra la población infantil víctima de la inseguridad alimentaria son silenciadas u olvidadas. Pero, generalmente, se asume que el problema de acceso a la alimentación está relacionado con la desestructuración familiar y con la incapacidad de los padres y, sobre todo, las madres de gestionar su propio hogar. Se atribuye con insistencia a las familias empobrecidas una disfuncionalidad que justifica que el objeto inocente de la asistencia de emergencia sean los niños y las niñas, considerando a los adultos de su hogar, directa o indirectamente, culpables de la situación. La compasión por la pobreza infantil frena la capacidad de empatizar con los padres y las madres, a los que se instala de forma casi automática en categorías sociales marginales.

La imagen de la familia “disfuncional” o “desestructurada” en la que las necesidades de niños y niñas quedan desatendidas por la incapacidad de padres y madres es recurrente en la literatura, la prensa y los medios, y sirve para justificar el abandono institucional de los barrios y de las familias en situación de exclusión atribuyendo sus desgracias a actitudes, valores y vicios individuales de las propias personas afectadas. Victimizando a los niños de las carencias de sus padres y madres los condenamos a heredar situaciones de desventaja social. Los niños y niñas que hoy motivan la caridad se convertirán en adolescentes problemáticos para los que ya no habrá caridad, sino control policial. Y la culpa siempre recaerá sobre sus madres y padres.

Pero la realidad es terca y se empeña en demostrarnos que la vida de las familias en situación de pobreza es más compleja que el relato reduccionista de la disfuncionalidad. La norma, no exenta de excepciones, es que las madres que no pueden alimentar correctamente a sus niños pasen penurias físicas y psicológicas extremas, y que las causas reales rompen permanentemente los estereotipos. Los orígenes de la malnutrición infantil o de la inseguridad alimentaria que viven centenares de miles de familias en el Estado español tiene su origen en un mercado laboral disfuncional, unas políticas sociales en grave retroceso y, sobretodo, en la gran extensión de la exclusión de la vivienda.

Las familias españolas gastan de media un 18% de sus ingresos en alimentación. Si excluimos a las rentas más altas, el porcentaje se mantiene más o menos constante con independencia del nivel de ingresos. Cuando los ingresos aumentan, el gasto en alimentación aumenta de forma proporcional porque se compra comida más cara y porque se acude más a menudo a servicios de restauración. Sin necesidad de conocer estas cifras pero con la experiencia cotidiana en mente, la ciudadanía que nunca ha vivido situaciones de pobreza severa le resulta complicado entender que un hogar no pueda hacer frente a la alimentación de sus hijos. Parecería que la alimentación debiera ser el gasto prioritario para cualquier familia. Pero, igual que el Estado subordina su acción social a la satisfacción de las deudas y de otros servicios financieros, los hogares se ven obligados a poner por delante de cualquier otro gasto el pago de deudas hipotecarias y de cuotas de alquiler. Y es que el origen de la inseguridad alimentaria infantil se encuentra más en la sistemática vulneración del derecho a una vivienda digna que en la no disponibilidad de alimentos. Un hogar constituye el campo base desde el que se articula la vida cotidiana. No disponer de la infraestructura básica para la vida familiar pone en peligro la capacidad física de padres y madres para hacer frente a los retos del día a día. Conscientes de ello, las personas que ven peligrar su vivienda, subordinan todos sus gastos al pago de las cuotas hasta las últimas consecuencias. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca puede dar cuenta de las estrategias de bancos y cajas para forzar a personas que ya han entrado en un proceso de ejecución hipotecaria a seguir pagando, a sabiendas que los pagos realizados a partir del inicio del proceso no sirven para revertir la situación y evitar el aterrador deshaucio.

Otras formas de exclusión de la vivienda también tienen un impacto directo en la inseguridad alimentaria. Las familias que viven en habitaciones realquiladas o en pensiones, en ocasiones en situación de hacinamiento, no disponen de la infraestructura básica para cocinar. Tampoco es fácil la manipulación y conservación de los alimentos para quién ha ocupado un inmueble vacío y sin suministro de gas y agua. Sin frigorífico y sin fogones, los alimentos deben ser adquiridos ya procesados y consumidos inmediatamente, lo que multiplica su coste. Para las familias que se enfrentan a esta cotidianidad, los lotes de los bancos de alimentos con legumbres secas y pasta son de escasa utilidad.

Como refleja UNICEF en su informe La infancia en España 2014, un 27% de la población infantil española vive bajo el umbral de la pobreza. Si en 2007, los hogares en los que ningún adulto estaba empleado eran 325.000, en 2013 ya alcanzaban la cifra de 943.000. Este millón de hogares (y algunas decenas de miles más) no necesitan alimentos. Necesitan transferencias de renta y la garantía de que dispondrán de una vivienda digna. Los niños y niñas que viven la desnutrición no son víctimas de la irresponsabilidad ni los vicios personales de padres y madres con problemas de integración social. Son víctimas del abandono por parte de los mecanismos públicos de apoyo y de unas reacciones comunitarias y colectivas viscerales que no responden a las necesidades reales. Las donaciones masivas de comida responden a una combinación muy peligrosa de emocionalidad y prejuicios. Donamos comida para tener la certeza de que las personas receptoras no malgastaran los recursos, respondiendo al estereotipo de la familia disfuncional en la que el teléfono móvil de la madre se prioriza frente a una alimentación sana. Donamos comida porque hay “pobres” que en cuanto tienen dinero se lo gastan en alcohol. Donamos comida porque nosotros, mejor que nadie, creemos saber lo que las personas que viven la pobreza necesitan.

Sin duda hay que enfrentarse a las situaciones de necesidad extrema con rapidez y eficacia. Pero también con humildad y voluntad de transformación. Si no, las recogidas masivas de alimentos sólo benefician a los grandes supermercados, encantados de aumentar el volumen y el precio de nuestra cesta de la compra gracias a nuestra buena voluntad. Ofrecer comida a quién necesita unos ingresos mínimos o una vivienda con la infraestructura adecuada puede ser una medida de urgencia aceptable, pero debemos ser conscientes de la brecha que abre entre donantes y receptores de caridad.

Para saber más:

Las formas elementales de la pobreza, Serge Paugam

El delito de ser pobre, Albert Sales

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This entry was posted on Juliol 3, 2014 by in Exclusió social i pobresa and tagged , , , , , , , .
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