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Albert Sales

Trabajo decente en un mundo globalizado

Por Albert Sales i Campos, miembro de SETEM y de la Campaña Ropa Limpia. Profesor de sociología de la Universidad Pompeu Fabra.

Ponencia pronunciada en las jornadas “Trabajo decente y desarrollo sostenible” organizadas por la Asociación Paz y Solidaridad de CCOO-Asturias (Oviedo el 17 de noviembre de 2010).

El mercado global no es el fruto de la evolución natural de las relaciones humanas. Por mucho que se intente defender que la deriva de la economía internacional es el resultado de la libertad de los mercados y que la política no debe interferir en los asuntos económicos, la realidad es que la globalización capitalista surge de decisiones políticas y de relaciones de poder desiguales. Refleja la extensión y la imposición de una ideología que se gesta a la sombra del keynesianismo de postguerra. El neoliberalismo, que se extiende y se impone como única forma posible de abordar los problemas económicos a partir de los 70, es un complejo proyecto político de las clases dominantes para recuperar el poder perdido durante la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial1.

Las reglas del capitalismo previo a la guerra generaron una gran acumulación de recursos por parte de las élites de las grandes potencias coloniales. En paralelo, se consolidó un sistema de relaciones laborales en el que un amplio proletariado empobrecido alimentaba la maquinaria de la industrialización. Fruto de las fuertes desigualdades y de las condiciones de vida de este proletariado crecen las múltiples manifestaciones del movimiento obrero. Pero la Gran Depresión de los años 30 supone un punto de inflexión en las dinámicas de polarización y permite que se tomen en consideración las propuestas de economistas que advertían de los riesgos de las crisis cíclicas del capitalismo industrial y de que el crecimiento de la producción de bienes de consumo tenía un límite: la capacidad de la población de adquirir dichos bienes. Si el capitalismo necesita del crecimiento de la economía para su propia supervivencia, el acceso de las familias proletarias al consumo debía constituir una vía de expansión económica necesaria para salir de la Depresión.

La estabilidad en la demanda agregada se convierte entonces en una garantía de crecimiento sostenido y en una forma de prevenir. Después de la Segunda Guerra Mundial, las tesis de Keynes acerca de qué medidas deben tomar los poderes públicos para vencer las crisis de sobreproducción pasan a ser ideas internacionalmente aceptadas. Se asume que para mantener la demanda en los momentos en que la economía se contrae, el sector público debe generar empleo y garantizar unos ingresos mínimos a la población. La finalidad última es que el consumo se mantenga. Para los economistas keynesianos, la inflación que esta inyección de efectivo podría causar debe ser controlada por el pacto social y por una contención salarial aceptada por los sindicatos a cambio de beneficios no salariales.

En el plano internacional, la necesidad de mantener los niveles de consumo se refleja en las transferencias de recursos posteriores a la Guerra. Después del conflicto, los EEUU tienen poderosas razones para apoyar la recuperación europea y, sobretodo la alemana. La primera razón es política: el socialismo del bloque del Este atrae a una clase trabajadora que vive unas condiciones de postguerra extremadamente duras. La forma más efectiva de frenar el auje del socialismo es aumentar el nivel de bienestar de los obreros y obreras. La segunda razón es económica: la industria norteamericana necesita un mercado en el que seguir creciendo y los europeos, una enorme masa de potenciales consumidores y consumidoras, se encuentran sumidos en una profunda crisis de postguerra. El Plan Marshall se concibe como herramienta para acelerar la reconstrucción y situar a la población de Europa en disposición de consumir los productos de las empresas norte-americanas.

A través de la transferencia de recursos y de las instituciones financieras internacionales (el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, BM y FMI respectivamente) creadas a tal efecto se busca reducir el impacto de las crisis cíclicas del capitalismo. La intervención pública sobre la economía es aceptada por los empresarios a regañadientes pero asumiendo la necesidad de mantener unos niveles de bienestar entre trabajadores y trabajadoras que desincentiven posibles simpatías con los regímenes soviéticos y que les permitan acceder a bienes de consumo masivo.

El contexto internacional y una visión keynesiana de la economía instalada cómodamente tanto en el ámbito académico como en el político definen los dos modelos que determinarán las políticas sociales de los 30 años posteriores a la guerra: los Estados del Bienestar en el centro del sistema internacional, y los Estados Desarrollistas en muchos de los países de nueva creación en lo que entonces se llamó Tercer Mundo. En ambos contextos, se crean sistemas de seguridad social, servicios e infraestructuras públicas y se protegen los mercados nacionales para promover la sustitución de importaciones por producto local. Estos sistemas dan lugar al período de crecimiento sostenido más largo de la era industrial a costa de un importante control de la economía por parte de los estados.

Pero durante el momento de máximo esplendor de las políticas keynesianas, el economista de la Universidad de Chicago Milton Friedman crea un núcleo de académicos que proponen una visión de la economía radicalmente distinta. Friedman y sus discípulos, volviendo a la más pura ortodoxia liberal, ven la economía como un fenómeno casi físico, regido por unas reglas matemáticas y por unas fuerzas naturales que, ineludiblemente, llevan a los mercados al equilibrio y a la mejor asignación de recursos posible cuando no hay intervención pública ni planificación de ningún tipo. Los economistas de la escuela de Chicago ven con preocupación el crecimiento de las administraciones y de las empresas públicas, el pago de subsidios y los servicios sociales, la intervención de los gobiernos en política monetaria o la regulación de la negociación colectiva y las garantías sindicales.

Con independencia de la honestidad en la creación de los modelos científicos y matemáticos de los economistas friedmanitas, lo cierto es que el neoliberalismo gestado en Chicago en los 50 y 60 eclosiona a partir de la ruptura del pacto de Bretton Woods y de la crisis del petróleo e impone progresivamente unas políticas económicas y unas “no-políticas” sociales que devuelven a las élites financieras el poder perdido con los pactos de post-guerra. La aplicación de las recetas neoliberales jamás ha sido del agrado de la población de los países que han ido asumiendo progresivamente el modelo y, por eso, las primeras experiencias se llevan a cabo bajo gobiernos como el de Pinochet o el de Suharto, que además de imponer drásticos recortes sociales, privatizaciones de atractivas y rentables empresas públicas y grandes ventajas a los inversores y empresarios, decapitaron y atemorizaron a la clase trabajadora asesinando en masa a líderes sindicales y activistas. Recomiendo encarecidamente la lectura de La doctrina del shock, de Naomí Klein2, a todas aquellas personas interesadas en un análisis crítico y muy lúcido de los mecanismos de imposición ideológica del pensamiento neoliberal.

Aunque la consolidación del paradigma neoliberal en condiciones de democracia no llegó hasta los 80, su imposición ideológica ha sido brutal. Especialmente tras la caída de las burocracias del bloque soviético y el final de la amenaza externa al sistema capitalista occidental. La globalización, con la imposición de un mercado financiero internacional y de una libre circulación de mercancías y productos, ha configurado un entorno en el que los mercados laborales, con base en el estado-nación, compiten entre ellos para ofrecer las mejores condiciones al capital. Y en este contexto, se entiende que las buenas condiciones de producción consisten en abundante mano de obra barata y no sindicalizada a la que poder exprimir. A poder ser, esta mano de obra debe hallarse rodeada de pobreza y alto desempleo para dejar claro, a todo aquel trabajador o trabajadora que no quiera asumir las condiciones laborales impuestas, que hay miles de personas haciendo cola para ocupar su puesto en la cadena de producción.

Con la amenaza de la deslocalización pesando sobre las cabezas de los mercados laborales de todo el mundo y la actuación transnacional de las empresas, el papel de los sindicatos como vehículo de representación de las personas trabajadoras y como agente de negociación colectiva se encuentra en una grave crisis. ¿Cómo luchar por los derechos de los millones de trabajadores y de trabajadoras no sindicalizados? ¿Cómo extender los derechos laborales a los muchos países donde las libertades sindicales no están garantizadas? ¿Qué canales existen para hacer valer los derechos de las personas trabajadoras en lugares donde las organizaciones son represaliadas?

Si la acción empresarial y el poder del capital es global, las luchas de los trabajadores y de las trabajadoras debe ser también global. Si bien los sindicatos están explorando esta globalización de su acción a través de sus propias confederaciones internacionales, se hacen necesarios lo puentes entre los diferentes tipos de actores implicados en estas luchas. Des de las organizaciones que promueven la construcción de redes de base y que divulgan el conocimiento de los derechos laborales, hasta las redes de solidaridad entre trabajadoras y personas consumidoras, pasando por los propios sindicatos de los países eminentemente productores.

En este sentido, la Campaña Ropa Limpia (CRL) es una iniciativa que busca unir los esfuerzos de ONG, sindicatos, organizaciones feministas y organizaciones de personas consumidoras, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de las personas que intervienen en las cadenas de suministro de la industria global de la producción. Hay “Campañas Ropa Limpia” en 14 países europeos y, en cada uno de ellos, existe una plataforma de organizaciones que la apoya y la coordina. Las diferentes campañas se coordinan en reuniones internacionales que se celebran cada 3 meses y cuentan con una red de más de 250 organizaciones amigas repartidas por todo el mundo, en su mayoría organizaciones de personas trabajadoras y sindicatos pero también investigadores e investigadoras independientes.

La CRL nació en 1989 en los Países Bajos tras la constatación, por parte de ONG i de organizaciones feministas, de las pésimas condiciones laborales de las trabajadoras de la confección de países como Indonesia, Malasia o Filipinas. Jornadas de entre 12 y 16 horas diarias, salarios de miseria, represión y persecución sindical y todo tipo de abusos, motivaron a estos colectivos a dirigirse a las marcas internacionales que se aprovisionaban en aquellos países para exigir responsabilidades y para denunciar las injusticias que se escondían (y se esconden) tras la ropa que luce en los escaparates de las ciudades ricas de Europa.

Des de entonces, la solidaridad con los colectivos de trabajadoras y de trabajadores, la relación con confederaciones sindicales internacionales y los sucesivas acciones de protesta dirigidas a las firmas internacionales han forjado unas lineas de trabajo caracterizadas por la multiplicidad de actores y la complementariedad entre ellos y la flexibilidad en las metodologías de trabajo. Hoy la red de la CRL denuncia el lavado de cara que suponen la mayor parte de las iniciativas de responsabilidad social empresarial (recomiendo en este sentido la lectura de Looking for a quick fix3, un informe en el que se expone las deficiencias de las auditorias sociales) y apoya, a través de las Acciones Urgentes las luchas de colectivos de trabajadoras que sufren represión, presiones, despidos y abusos de todo tipo por el hecho de organizarse. No serán las campañas internacionales y los grupos de activistas de Europa los que “lleven los derechos laborales” a los países del sur. El deterioro de la capacidad de negociación de la clase trabajadora es global y desde la CRL, apoyando las luchas concretas intentamos conseguir éxitos puntuales que creen lazos entre activistas y luchadores de ambos extremos de la cadena de producción.

Sin duda, el trabajo de sindicatos, organizaciones de base, activistas y campañas internacionales ha de tejer una red capaz de enfrentarse al reto de unos mercados globales fuera del control y las limitaciones de los estados-nación. Sin renunciar a la incidencia sobre los poderes públicos y las instituciones internacionales y sin dejar de insistir en la necesidad de democratizar la economía y acabar con la impunidad de los grandes capitales, debemos seguir consiguiendo pequeñas victorias que nos ayuden a creer que organizar nuestra relación con el trabajo de otra forma no sólo es posible sino totalmente necesario.

Más información:

http://www.cleanclothes.org

http://www.ropalimpia.org

http://robaneta.wordpress.com

https://albertsales.wordpress.com

1Harvey, David (2006), A Brief History of Neoliberalism; Oxford University Press.

2Klein, Naomí (2007), La Doctrina del Shock, El Auge del Capitalismo del Desastre; Paidos, Barcelona

3Clean Clothes Campaign (2005) Looking for a quick fix. How weak social audits are keeping workers in sweatshops. http://www.cleanclothes.org/component/content/article/7-resources/1166-looking-for-a-quick-fix

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